Cuando estés triste, me dijo mi tío, busca una película alegre. Si te sientes bien, busca una deprimente. Pienso en este consejo. El cine como escape. Después de todo, eso es lo que hace la industria, vender productos en la taquilla como la farmacia los vende con o sin receta, para levantarte o hacerte bajar.
En español la palabra diversión significa entretenimiento. Entonces, ¿por qué me siento insatisfecho cuando los filmes comerciales destinados a atraer a un público masivo en pro de la ganancia corporativa no cumplen mis serias y críticas expectativas? Es más, los productores diseñan productos para desviar al público de sus problemas actuales y llevarlo a una tierra de fantasía donde se eluden los problemas de la vida.
La industria del cine, como la industria automovilística, vende un artículo brillante por fuera. Pero al igual que los autos, se descomponen cuando se someten a la prueba del tiempo el escrutinio serio.
Dadas las limitaciones impuestas por la gramática comercial fílmica, ¿cómo insertan el contenido social los guionistas con conciencia social? La regla no escrita obliga a los escritores a adoptar una gramática hollywoodense aceptable; entonces pueden insertar mensajes. Así que para tratar los problemas importantes, los filmes atraen al público con actores carismáticos. En Salvador, Oliver Stone trata la represión de EEUU y la revolución salvadoreña por medio de las peripecias del reportero fumador de mariguana, interpretado por James Woods. Mientras investiga una noticia descubre la maldad asesina apoyada por EEUU y para brindar un balance un celo dudosamente revolucionario. En Bajo el fuego, Nick Nolte interpreta al foto-reportero que registra los horrores del régimen de Somoza apoyado por EEUU.
El jardinero constante, (The Constant Gardener) adaptación de la más reciente novela de John Le Carré, también sigue los pasos en el celuloide de aventuras ambientalistas como Erin Brockovich (2000) y El síndrome de China (1979).
A fin de denunciar a los conglomerados farmacéuticos y sus íntimas relaciones con el gobierno británico en la era de la globalización, los productores encontraron a carismáticos actores y usaron sus historias tragedias para revelar la fea verdad. Ralph Fiennes y Rachel Weisz hacen por El jardinero constante lo que la sexy y magnética Julia Roberts hizo por el denunciador filme acerca de la malvada corporación energética.
Erin descubre que PG&E ha contaminado, lo ha encubierto y ha mentido. Ella tiene éxito, por supuesto, después de sufrir las flechas y proyectiles lanzados a los cruzados que se atreven a enfrentarse a los grandes negocios y a los grandes gobiernos generalmente aliados.
Al final de filmes así, el público se marcha del teatro diciendo: Gracias a Dios de que existe gente como Jane Fonda o Kimberly De Tal. O suerte que tenemos a gente como Julia Roberts o Erin Mengana. Más realistas que los héroes de las tiras cómicas, estos personajes de Hollywood llevan al espectador a identificarse visceral y falsamente con él héroe, no con el tema. El estómago se hace cargo de las emociones y las células críticas del cerebro se adormecen.
Vean el cartel de Erin Brockovich que muestra a la atractiva Julia Roberts. Ella hizo que un pueblito se alzara y puso de rodillas a una enorme compañía. El énfasis está en ella, no en el hecho de que hizo que un pueblito se alzara, que es una mala metáfora en el mejor de los casos.
Más convincente que una heroína de historietas, Erin tiene problemas terrenales, como tres hijos y ningún ingreso. Ella logra que un tipo en bicicleta se enamore de ella la obligada escena sexual y luego lo convierte en el Sr. Mamá que le cuida a sus niños. Ella posee las cualidades contradictorias que la hacen creíble. Es inteligente y compasiva, decidida y llena de recursos. En el papel de Erin, Roberts usa blusas estrechas que muestran un escote que le ayudan a conseguir un abogado como jefe (Albert Finney) que tiene suficiente edad y barriga como para conformar un personaje fílmico simpático. Al igual que otros que se le acercan, cae rendido ante la fuerza y belleza (interior y exterior) de Erin así como ante sus habilidades manipulativas. Millones se identificaron -brevemente con esta Julia o Erin mientras ella luchaba y vencía a la gran corporación.
La verdadera Erin organizó a una comunidad y presentó una demanda judicial contra PG&E de California. Un jurado decidió que el gigante energético era culpable de envenenar las aguas de Hinkley, California. Tuvo que pagar más de $300 millones a más de setenta residentes en la zona. El filme muestra que el pueblo puede defenderse y obtener justicia en alguna medida, si es que tiene como líder a alguien de determinación y valor poco comunes.
Debido a los recortes de los costos en la seguridad como forma de aumentar las ganancias, la ambiciosa pandilla nuclear corporativa permitió una ocurrencia similar tres meses antes del estreno del filme en la planta nuclear de Isla Three Mile. Esto dio al filme un sentido de inmediatez.
El jardinero constante se desvía de otros filmes que denuncian el asesinato y latrocinio consustanciales a la globalización corporativa. John Le Carré, un ex espía británico, se enfurece cada vez más a medida que envejece. Comenzando con su presentación del aparato de seguridad de Inglaterra en El espía que regresó del frío, ha revelado las interioridades del cinismo tras la cruzada de Occidente contra el comunismo. Cuando Blair se asoció a Bush en la invasión a Irak, Le Carré se indignó y con razón. En Amigos absolutos, la historia de dos viejos espías y su amistad, Le Carré muestra la estupidez de continuar con la tontería de la seguridad nacional y termina por escribir una de las denuncias más convincentes de la invasión de Irak
Sirviente del imperio en otra época, Le Carré se ha convertido en un indignado antiimperialista de clase mundial. El jardinero constante captura esta indignación sin violar el libro, como hace la mayoría de los filmes con la literatura que los inspira. Aunque sigue la gramática tradicional el muchacho encuentra a la muchacha, obtiene a la muchacha y pierde a la muchacha, lleva a la gente más allá de lo personal y dentro de la narración del inmenso pecado en contra del pueblo de Ã?frica cometido por los imperialistas durante siglos.
En Kenya, Ralph Fiennes (La lista de Schindler, El paciente inglés y El fin de la aventura) interpreta a Justin Quayle, un diplomático obediente y delicadamente británico, que se casa con Tessa (Rachel Weisz Constantine, La forma de las cosas)), más joven que él y mucho más radical. Justin no se da cuenta del compromiso político de Rachel mientras trabaja en el jardín. Él la ama tanto que no sabe de su vida diaria con los pobres de Kenya. Entonces la policía descubre los cadáveres de Rachel y su compañero activista negro africano, asesinados mientras regresaban de un viaje a otra parte de Kenya.
El Ã?frica de El jardinero constante adquiere cualidades que no se encuentran (es más, es lo opuesto) en Halcón Negro derribado, en la que pandillas y delincuentes parecen dominar las calles. El director Fernando Meirelles utilizó planos de los escuálidos barrios bajos de Nairobi, de la misma manera que hizo en Ciudad de Dios, para dar tanto la realidad de la pobreza en el Ã?frica de hoy como la humanidad trascendental de sus habitantes.
El jardinero constante culpa a quien debe culpar por la explotación de los africanos: a los ejecutivos corporativos globalizados y a sus sirvientes gubernamentales. El filme también arroja su sombra sobre los lacayos corporativos que dirigen la policía y el gobierno en Kenya. Los villanos principales, provenientes de Estados Unidos y Gran Bretaña, repiten los tópicos usuales acerca de la inevitabilidad de todo y la porquería de no se puede detener el progreso.
Después de una experiencia sustitutiva de dos horas ayudada por una fuerte música de fondo y una vívida edición, mí cerebro aún seguía funcionando. Pensé en la ausencia de un movimiento global bien organizado que se enfrente a esa conspiración monstruosa que opera bajo las banderas del libre comercio y otros eufemismos benignos por el estilo. Un movimiento tal comenzó en realidad cuando gente de todo el mundo se reunió en Seattle en 1999 para oponerse a la élite no elegida que toma las decisiones globales acerca de la economía mundial. Esta coalición se ha hecho más poderosa y esperamos que filmes y libros como El jardinero constante obtenga más seguidores. Esa será la prueba de la fuerza de su mensaje social.
Landau es miembro del Instituto para Estudios de Política.
