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Agosto 19, 2026

Puchuncaví: “¿Qué es eso, señorita?”

Once de la mañana del sábado 24 de septiembre. En la carretera que lleva a Maitencillo  veo el cartel que anuncia el pueblo de Puchuncaví. Sé que el lugar que busco está cerca, pero ningún documento revisado previamente me ha dado señas exactas. Ni el kilómetro exacto, ni la calle exacta. Tampoco en el camino hay un cartel, una placa, un mural, un graffiti, algo que indique que por aquí cerca hubo un campo de prisioneros políticos entre 1974 y 1976. 

En un callejón de tierra me acerco a un anciano que se apoya en un bastón. Es un lugareño. Él debe haber escuchado el rumor de los hombres que habitaron el campo bautizado como Melinka por los oficiales de la Armada.
-¿Campo de concentración? ¿Qué es eso, señorita?
 Deberé explicarle al lugareño algo de lo que sólo he leído y escuchado en mis conversaciones con ex prisioneros que permanecieron detenidos en Puchuncaví. A todos ellos los he entrevistado sobre los montajes de teatro que protagonizaron o presenciaron mientras permanecían recluidos sin procesos ni cargos.   
-Un lugar donde hubo gente prisionera…detenida…entiendo que es por aquí cerca
-¿Detenida? y ¿cuándo? -pregunta el anciano con ojos de niño ausente. 
-Entre 1974 y 1976, después del golpe -detallo pensando que estas coordenadas le aclararán algo al viejoniño.
-Ah, “eso”… sí, es más allá, después del retén de carabineros, hay una copa de agua, unos trigales.
Unos metros más allá me encuentro con otro anciano. El anciano palea arena en el frontis de un vivero. Estira su mano y recoge la mía como si fuéramos antiguos conocidos.  El anciano deja la pala e indica hacia la derecha.
-Sí, allá, donde está saliendo ese auto, ¿lo ve? … en el callejón…donde está la copa de agua.
Llego hasta el callejón. Me parece demasiado estrecho como para ser la entrada a un campo de concentración. Apenas un caminito de tierra donde según mis medidas podría caber sólo una yunta de bueyes. Le hago señas al anciano del vivero que está mirando hacia otro lado. Le grito (no sé silbar) y con mímica le pregunto si estoy en el sitio correcto. Me confirma con un movimiento de cabeza.
Veo la copa de agua descrita por el segundo anciano. No veo los trigales señalados por el primero. Sólo veo maleza y flores silvestres que colorean el lugar. Subo una pequeña cuesta y llego hasta un camión aljibe. Un hombre de unos cincuenta años está a cargo de extraer el agua del pozo. Ante mi pregunta el hombre apunta hacia la copa de agua. 
-¿Necesita hablar con alguien?
-No, sólo vengo a recorrer.
-Ah, entonces le dejo el portón abierto. 
 Y empieza la caminata. La búsqueda de algo que no haya sido arrasado, desmantelado, pero sólo sigo encontrando flores silvestres. No sé cómo se llaman. Son moradas, amarillas, blancas. También encuentro cardos y arbustos. Camino con mi cámara y no me resigno a fotografiar la flora de Puchuncaví. Camino con los ojos enfocados en el suelo. Y mientras camino trato de reinstalar el escenario. De ver a los hombres que he entrevistado y de los que estoy por conocer. Del Buen Gastón o el Ñaca Ñaca. De Carlos Genovese, Sergio Lidid, Mario Benavente, Chino Plaza, Freddy Salgado, Osvaldo Zamorano y todos los demás. Pero las flores no me ayudan. Tampoco un basurero municipal pintado de verde, ni un puente maltrecho, ni los árboles jóvenes, ni los queltehues que chillan sobre mi cabeza. Sigo mirando el suelo hasta que empiezo a encontrar algo que pudo ser el radier de una gran habitación. Otro fragmento que pudo ser un baño colectivo. Fragmentos de cemento bajo los pastizales. Una larga corrida de ladrillos y más allá una base de cemento intacta que, intuyo, pudo ser la superficie donde se incrustaba el  mástil para izar la bandera. Pero son sólo intuiciones. No hay nadie que lo pueda confirmar en esta mañana de sábado. Puedo estar equivocada, pero esos pedazos de cemento diseminados existen. Supongo las pisadas, las caminatas, las marchas, la torre de vigilancia.  Supongo muchas cosas que voy guardando en mi cabeza y en mi cámara. Podré preguntarle al Buen Gastón.
Antes de cruzar el portón trato de imaginar en qué lugar Carlos Genovese adaptó La petición de mano de Chejov, o en qué sitio Genovese, Óscar Castro y Chino Plaza y otros prisioneros estrenaron ‘‘Érase una vez un rey’’. O dónde habrá estado dispuesto el escenario para representar la obra sobre el Cacique Lempira en la que actuó Freddy Salgado. Pudo ser allá o acá. No tengo puntos de referencias. Sólo sus palabras que me ayudan a reconstruir la crónica sobre el teatro en los campos de concentración chilenos. 

Saco la última fotografía. Es una foto del callejón por dónde, supongo, entraban los buses con los prisioneros que rotaban de campo en campo. Imagino la maniobra del chofer para entrar por ese estrecho camino. Doy un vistazo antes de salir. Allá arriba, en la pequeña cuesta, el camión aljibe ha dejado de extraer agua. Allá abajo el anciano del vivero sigue paleando tierra. El lugareño del bastón ya debe haber llegado a su casa. Y los queltehues siguen chillando sobre Puchuncaví.


*Periodista