¿Qué es lo que desea la mujer? Acerca del debate sobre el genero.

Empezamos el siglo con las mujeres “también”, en gran medida, en el mundo “exterior”, sin duda, especialmente si nos atenemos al llamado mundo desarrollado: las mujeres en el mundo “exterior”, pero sin haber abandonado la casa.

Esta es la realidad: mujeres en los ejércitos, en los ministerios, en los tribunales de justicia y en las Cortes Supremas; mujeres en los puestos ejecutivos de las empresas, en los centros de investigación  científica, en los deportes, en todas las manifestaciones del arte y de la ciencia, en las universidades y en las jefaturas de los Estados. La mujer “casi” en todas partes, con una  exorbitante excepción: la de los mundos eclesiales, en los cuales la discriminación se hace evidente, anacrónica e incluso chocante .

La Iglesia Católica, en el Segundo Concilio Ecuménico de Nicea, hace unos 1200 años,”aceptó” que las mujeres “también” tenían alma, antes negado.  Pero desde esa fecha poca ha sido la consecuencia que con tal reconocimiento han tenido  ni los Sumos Pontífices ni ninguno  de los siguientes veinte Concilios Ecuménicos habidos  hasta el presente: una mujer no puede ser Papa, Cardenal ni obispo, ni tan siquiera sacerdote o monaguillo. En las cuestiones del alma, en lo tocante a la administración de los sacramentos, el espíritu y el alma  de las mujeres están hasta la fecha cuestionados por la Iglesia Católica – y por otras más – en  forma  bastante vejatoria. En este terreno, poco es lo que los hombres se han preocupado en habilitar la condición de la mujer en la dignificación que le corresponde, que sigue pendiente, como escaso es también lo que las propias mujeres han hecho por superar tamaña discriminación, quizás si sin percatarse de las consecuencias  que su silencio y su tácita aceptación de tal estado de cosas implican. La imagen de la mujer como instigadora de la tentación, como culpable.

del pecado original,  del que surgen todas las calamidades que la humanidad ha sufrido desde su  Creación y de las que seguirá sufriendo hasta el Apocalipsis y el Juicio Final, sigue presente  en la esencia de los credos a los que se ciñe gran parte del género humano de hoy.  

 Sin embargo ocurre que la porfiada realidad demuestra a cualquier observador medianamente avisado que la capacidad de la mujer para afrontar, en situaciones límite, los desafíos que el mundo desarrollado suscita – con todas las deformaciones que éste conlleva –  es mucho mayor que la del hombre. Para graficarlo  brevemente  podría referirme a un hecho puntual, para su estudio e interpretación: en EE.UU., por cada mujer que se suicida lo hacen cinco hombres; si se trata de la población negra, la desproporción se duplica: por cada mujer que se quita la vida diez hombres hacen lo mismo.

 La historia entera está plagada de un listado de atrocidades en las que los hechores hombres se llevan las palmas con una largueza sideral frente a las mujeres. Además del precedente histórico abrumador, vaya también aquí un argumento de autoridad adicional: Freud, que penetró en la psíquis humana como quizás nadie antes lo hiciera,  extrayendo  de ello tantos atisbos geniales, confidenciaba a un alumno y amigo suyo su conclusión de que “las mujeres son éticamente superiores a los hombres”.  Sin embargo, sigue gravitando en el prejuicio ominoso de la leyenda original su descalificación para intervenir en los actos trascendentes del rito en el mundo cristiano de hoy, incapacitándola para la administración de los sacramentos  a sus feligreses en el transcurso de la vida y también en el que implica el acto de la máxima piedad y amor, en el tránsito a la muerte, no obstante ser ella la que nos trae a la vida y  la que sabe estar, con  verdadero amor, atendiendo  y entendiendo al moribundo.

El fenomenal “desarrollo” científico y tecnológico ocurrido en el mundo desde principios del siglo pasado ha ido acompañado de un crecimiento parecido de la participación de la mujer en todas las ramas del saber y del hacer, de donde puede inferirse la interdependencia de ambas evoluciones,  de características aceleradas. La mujer en la casa, pilar emocional en torno al cual se construía el hogar,  no constituye un hecho casual,  transitorio  o singular, privativo de  un período histórico que termina a comienzos del siglo pasado. Federico Engels, colaborador íntimo, como  bien se sabe, de Carlos Marx, influenciado por las ideas del etnólogo norteamericano Lewin Morgan, escribió en 1884 su conocida obra sobre el “Origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”, sustentando la tesis del matriarcado primitivo. ( Cito a Engels, haciendo ex professo caso omiso de la avalancha descalificadora de todo el pensamiento sustentado por él y por    Marx que hoy campea, sin más consistencia que la que tenía, hasta pocos años atrás, la de aquellos que proclamaban su infalibilidad.)

 El matriarcado, que confería la primacía del parentesco por línea materna, implicaba un sistema social centrado en el papel de la mujer como eje fundamental de la familia. Los antropólogos han polemizado, desde entonces, sobre la teoría del “macho cazador” (el hombre proveedor) y la hembra recolectora y receptiva, sumisa, en el hogar (la mujer en la casa), de suerte que los orígenes o causas de las pautas del comportamiento humano, en ese aspecto, distan mucho de estar dilucidadas, tanto en lo que se refiere al tiempo actual como en lo tocante a la historia toda de la humanidad.

Una respuesta fácil de esgrimir es la que atribuye al “machismo” (actitud en principio atribuida al hombre,  que implica una discriminación contra la mujer), la causa inmediata de la relegación de la mujer al hogar, al tiempo que el hombre sale a cumplir con su papel de proveedor, dejando en la nebulosa las causas primeras de esta división de los quehaceres en nuestras sociedades. La interpretación común de este fenómeno atribuye a un afán dominador del hombre tal estado de cosas, resolviendo con esta simplificación todo intento analítico más profundo del caso.

Que el hombre ha llevado a institucionalizar en el hogar el abuso de su fuerza aparece como una consecuencia de la tendencia que el género humano ha ido  cultivando en su proceso de selección natural, del cual ha surgido la preeminencia de nuestra especie sobre las otras, primero, y,  más tarde,  mantenida en forma intraespecífica como factor de poder y  dominación.  Pero la duda aparece sobre el papel que la mujer ha desempeñado con la aceptación tan continuada de estas conductas a través  del tiempo.

Años atrás, la revista “Times” publicó un sugerente artículo del antropólogo norteamericano Irven DeVore en el que afirmaba que “los machos son un vasto experimento reproductor dirigido por las hembras”, aludiendo al protagonismo que en la formación de la especie tiene la mujer al tratar de perpetuar el tipo de hombre que, en rigor, desean. DeVore afirmaba que, sin duda, las mujeres no sólo aprueban sino que estimulan el “machismo”. Cuenta, a este respecto, la distinguida antropóloga norteamericana Helen Fisher en alguno de sus libros una curiosa anécdota protagonizada por DeVore  cuando, en una reunión social, una mujer le preguntó, en tono recriminatorio, sobre “cuándo abandonarían los hombres el machismo”, a lo que el científico le habría contestado: “cuando las mujeres como Ud. dejen de elegir a hombres presuntuosos y triunfadores como yo”. Me apresuro a decir que no comparto literalmente la respuesta de DeVore; la cito como un elemento más que ayude a vislumbrar la complejidad causal de un hecho claramente detectado.

Creo que son pocas las dudas que pueden caber sobre las ventajas que para la mujer y, por lo tanto, para la sociedad, han significado muchos de los cambios profundos ocurridos  en ella a lo largo de los últimos cien años. En buena parte del globo, las mujeres han ido asumiendo, en gran medida, el papel que les corresponde de acuerdo a sus atributos y capacidades, no obstante la bárbara discriminación de la que todavía son objeto en varios aspectos. Según evaluaciones efectuadas por organismos especializados de Naciones Unidas, las mujeres ejecutan, en estos tiempos,  dos tercios del trabajo total que en el mundo se efectúa, percibiendo como remuneración tan sólo un tercio del total de todo lo que por ello se paga. Nos corresponde corregir semejante inequidad en el futuro más inmediato posible, no tan sólo por un imperativo moral sino también como un mecanismo funcional al desarrollo armónico social deseable.

Con todo, ciertas pautas esenciales del comportamiento en el mundo emocional de la mujer han perdurado a través de los milenios. Nuestros parientes próximos primates machos vagaban por los territorios, sirviendo, a veces, de guardianes de sus crías, protegiéndolas de los ataques de los animales mayores; pero era la madre la que los alimentaba y los acunaba cuando estaban asustados o enfermos, al igual que lo hacen las mujeres de hoy, no obstante estar éstas ya “en el mundo exterior” y, en cierta medida, “empujando la historia”.

Nuestras inclinaciones profundas tienen raíces que se insertaron en el patrimonio hereditario del hombre y de la mujer en los confines del tiempo: nos saludamos, dándonos la mano, como señal de que no nos abalanzaremos contra quien distinguimos con nuestra amistad, reiterando esta señal cada vez que nos encontramos; somos juguetones y la necesidad nos hace laboriosos; seguimos siendo copiones de  actitudes, gestos e indumentaria, llevada ésta a los extremos imitativos que la moda nos impone por simple acto remedón irreprimible, y en cualquier reunión de individuos aparece de forma inmediata un orden jerárquico que llegamos a asumir como  modelo natural, incluso para organizar nuestra sociedad; la homosexualidad, la infidelidad, los celos, el incesto, el aborto, la violencia intrafamiliar, la promiscuidad, han estado presentes en nuestra especie en todas las sociedades estudiadas por los antropólogos,  desde mucho antes de tener constancia histórica de nuestra existencia en el planeta.

Creo que las mujeres y los hombres jóvenes de hoy se relacionan mucho más armónicamente que antes,  casi en todas las latitudes, y  es de desear que la tendencia prosiga con el actual estado de cosas. No es ésta la ocasión de analizar las complejidades del mundo emocional y psicológico que entran en juego en esa relación, tan íntimamente ligado o condicionado por causas o efectos biológicos. La ciencia ha ido mostrando la naturaleza mítica de no pocos prejuicios que enturbiaron durante siglos la índole de los sentimientos que se desencadenan en la relación entre mujer y hombre, muy confundidos con las sensaciones. No existe razón suficiente como  para suponer que el conocimiento nos  llevará  infalible y seguramente, a la comprensión total y definitiva de la naturaleza de nuestras emociones, pero tampoco puede ser considerado como un postulado el que ello no llegue nunca a suceder. Es probable que en este punto, como ocurre quizás en todas las aventuras del conocimiento, éste prosiga indefinidamente avanzando, sin que, por ello, se llegue  a alcanzar su comprensión total y definitiva. Quizás sea eso, también, lo que es de desear, coincidente con su naturaleza críptica e inevitable. 

 Voy a terminar estos comentarios alejado de sentencias definitivas y rotundas, trayendo a colación de nuevo ,  un pensamiento de Freud, escrito en una carta a su querida amiga Marie Bonaparte, a cuyos desvelos se debió, junto a la intervención de Roosevelt y del propio Duce Mussolini, el que pudiera librarse de una muerte segura a manos de los nazis, consiguiendo su salida de Viena para ir a instalarse a Londres.( Cuando, más tarde, la misma Marie Bonaparte intentó conseguir  la autorización de Francia para que las cuatro hermanas mayores de Freud salvaran sus vidas, fracasó, terminando las cuatro incineradas por los nazis. Hago este breve circunloquio para interpretar mejor el fondo afectuoso de la reflexión ). Pues bien; en esa carta a la que me refiero, Freud terminaba por decirle a su amiga Marie Bonaparte: “la gran pregunta que nunca ha tenido respuesta y que hasta ahora no he sido capaz de contestar, a pesar de mis treinta años de investigación del alma femenina, es esta: ¿qué es lo que desea la mujer ?”.