En una especie de outsourcing aberrante, la oposición criolla -dice el autor- está cada vez más cerca de deponer su vocación de gobierno y su voluntad de poder a cambio de un tranquilo retiro a expensas de la jugosa renta del subsidio electoral binominal.
Seamos responsables: los países no pueden vivir sin derechas, tampoco sin izquierdas. Y es que la Historia tiene -entre otras muchas- dos caras respecto de la política. Primero los ciclos expansivos en los que se privilegia el crecimiento; luego, los períodos de estabilización, decaimiento y distribución. Las derechas sirven para los primeros; las izquierdas, para los segundos. El resultado -si hay suerte- es llegar a un modelo con equilibrada aleación entre igualdad y libertad.
Pero ¿qué ocurre con la derecha chilena? Algo insólito: decidió jubilarse de la política nacional, tomar palco y dejar que el país sea gobernado por la Concertación. En una especie de outsourcing aberrante, la oposición criolla está cada vez más cerca de deponer su vocación de gobierno y su voluntad de poder a cambio de un tranquilo retiro a expensas de la jugosa renta del subsidio electoral binominal. Pero lo grave de todo esto es que la conducta de marras no se explica por un santísimo desapego, sino por miserable cálculo político: los fácticos de la derecha descubrieron que era mucho más económico (y cómodo) que la Concertación gobernase, pues sólo así se podría mantener a raya la agitación social. Sacaron sus cuentas: ¿habríamos podido privatizar las sanitarias en un gobierno nuestro?, ¿podríamos haber concesionado autopistas tranquilamente con Lavín en La Moneda? o ¿podríamos haber racionalizado el crédito fiscal de los institutos técnicos sin movilizaciones descomunales?
Visto con frialdad podríamos decir que esta estrategia es inteligente y puede que sea cierto, pero en el corto plazo. En el largo, los costos son la fosilización y la pérdida de atractivo político. Y de esto no debemos estar muy lejos. Por algo Juan Claro, ex dirigente empresarial y uno de los fácticos de la derecha, aseguró que “entre Lavín y Piñera gana Che Copete”. Fuera de la vulgaridad de esta expresión hay algo más peligroso: el creer que los países se gobiernan con piloto automático (o por obra y gracia de las instituciones neoliberales). Así, algunos sectores políticos se podrían eximir de realizar los debidos esfuerzos para facilitar el progreso social. Este talante de Claro se expresa en los partidos de la derecha cuando desisten del arduo trabajo de elegir a un candidato presidencial único y competitivo. ¡Ni locos!, si es mucho más fácil conformarse con los espantapájaros recién nombrados.
Así, desembocamos en una derecha paria, con personajes como el diputado Longueira cuya idolatría por el pequeño cálculo político lo llevó a renunciar -por segunda vez- a su deber inexcusable de fiscalizar al poder ejecutivo (caso MOP Gescam). El resultado final es que el país comienza a deslizarse por la pendiente de la corrupción, pues en lugar de una derecha que juega el rol de oposición solvente, tenemos un grupo de compadritos entregados a la anarquía de los microscópicos intereses personales. ¿Qué hacer? Por de pronto, denunciar a la derecha ante el SERNAC por publicidad engañosa. Se vende como alternativa de gobierno, en lugar de lo que realmente es: un club social cuyas funciones apenas son las del cotilleo político y el lobby para los mandamases del empresariado (pero, incluso en esto último, es superada por la Concertación). Menuda estafa para el votante-consumidor de derecha.
*Mauricio Hasbún es periodista y escribidor
